Inflación y ahorro, explicados con algo tangible

Inflación y ahorro, explicados con algo tangible
Un chico de dieciséis en Argentina lleva toda la vida escuchando la palabra inflación y es bastante probable que nadie se la haya explicado nunca. La conoce como clima, no como mecanismo, y esas son dos cosas distintas.
Esto no es un problema de los chicos
Vale arrancar por acá para sacar presión. En el informe del G20 y la OCDE sobre alfabetización financiera de adultos, alrededor del 51% de las personas encuestadas en los países del G20 pudo calcular correctamente un interés simple sobre un ahorro. En Argentina esa proporción fue cercana al 22%.
O sea que la mayoría de los adultos tampoco tiene estas herramientas, y no por falta de capacidad sino porque nunca se las enseñaron. Si te sentís poco preparado para explicar esto, sos la norma, no la excepción. La buena noticia es que la versión que un adolescente necesita entender es bastante más simple de lo que parece.
Cómo explicarla con algo que se toca
La frase "los precios suben" describe el fenómeno pero esconde lo importante. La versión que hace clic es la inversa: con la misma plata alcanza para menos cosas. El que cambia no es solo el precio, es lo que tu dinero puede comprar.
Y se explica mejor con un objeto que con una definición. Elegí algo que él haya comprado hace un año y de lo que se acuerde el precio: una entrada, un alfajor, la recarga del celular, un juego. Preguntale cuánto salía y cuánto sale hoy. Después hacé la pregunta que hace el trabajo: si hubieras guardado esa plata en un cajón desde entonces, ¿cuántos podrías comprar hoy?
Ese ejercicio de dos minutos transmite algo que ninguna definición transmite: que guardar plata quieta no es una decisión neutra. Tiene un costo, solo que el costo no se ve porque el número del billete no cambia.
Un segundo ejercicio que funciona bien a esta edad: pedile que estime cuánto va a salir esa misma cosa el año que viene. No importa que acierte. Lo que importa es que empiece a incorporar la dimensión temporal en las decisiones de plata, que es exactamente lo que le va a servir cuando planifique el viaje o la notebook.
Ahorrar y poner a producir no son lo mismo
Acá conviene ser preciso, porque las dos palabras se usan como sinónimos y no lo son.
Ahorrar es apartar plata y mantenerla disponible. Sirve para las metas de corto plazo y para los imprevistos. Su virtud es que está ahí cuando hace falta, y su costo es el que acabamos de ver.
Poner a producir es aceptar alguna condición a cambio de la posibilidad de que crezca. Esa condición suele ser tiempo, en el sentido de no poder tocarla durante un plazo, o riesgo, en el sentido de que el resultado no está garantizado. No hay versión sin contrapartida: cualquier cosa que prometa crecimiento sin ninguna de las dos cosas merece desconfianza, y esa es probablemente la lección más valiosa de todo el post.
Para el interés vale la pena hacer una cuenta concreta con él, con números redondos y a mano, no explicada en abstracto. Es literalmente la operación que dos de cada tres adultos argentinos no pudieron resolver en el estudio de arriba.
Qué permite la cuenta de adolescentes
Un dato factual que sirve tener: la caja de ahorro para adolescentes que vimos en el primer post de este capítulo permite constituir plazos fijos desde esa misma cuenta, incluidos los que se ajustan por UVA y por UVI, que son unidades que se actualizan con índices de precios y de costo de la construcción.
Esto es información sobre qué habilita la norma, no una recomendación. No somos asesores financieros y no vamos a sugerir instrumentos: qué conviene depende de la situación de cada familia, del plazo, del monto y de cuánto se puede inmovilizar, y esa conversación se tiene en el banco o con alguien que asesore de verdad. Lo que sí es útil que un adolescente entienda es que las opciones existen, que tienen condiciones distintas, y que compararlas antes de elegir es parte del proceso. El CFPB lo plantea así para esta edad: siempre conviene comparar antes de decidir, y eso incluye las decisiones de inversión, no solo las compras.
Por qué no conviene apurar esta parte
Hay una tentación comprensible de acelerar hacia la parte de inversión, sobre todo cuando el chico ya muestra interés. Vale la pena frenar un poco, por dos razones.
La primera es de orden. Como vimos en el capítulo 1, el conocimiento técnico se apoya sobre hábitos ya formados. Un adolescente que todavía no sostiene una meta de ahorro tres meses no está listo para decidir sobre plazos, y el problema no es el conocimiento sino la base.
La segunda es de exposición. Los adolescentes son un público buscado por quienes prometen rendimientos rápidos, y los canales por donde llega ese mensaje son los mismos que usan todos los días. La defensa no es prohibir el tema, es al revés: un chico que entiende que no hay crecimiento sin plazo o sin riesgo tiene un filtro que le sirve para toda la vida. El que nunca lo escuchó explicado en casa lo va a escuchar explicado por otro.
Sobre eso volvemos, con bastante más detalle, en el último capítulo de la serie.
Errores comunes
Explicar la inflación con porcentajes. El número anual no significa nada para alguien de dieciséis. El precio de una cosa que compró sí.
Convertirlo en una queja. Es un tema que invita a la bronca, y la bronca no enseña el mecanismo. Describir cómo funciona sirve más que evaluar de quién es la culpa.
Presentar el ahorro como inútil. Que guardar tenga un costo no significa que no haya que ahorrar. Significa que hay que decidir dónde, y esa es una decisión distinta de la de cuánto.
Prometer resultados. Ninguna opción rinde algo garantizado, y un adolescente al que se le prometió un número y no se cumplió aprende a desconfiar de todo el tema, no solo de esa opción.
Una idea para llevar al aula
Sin costo y muy directa: pedile a cada alumno que elija un producto que compre habitualmente y averigüe, preguntando en la casa o buscando, cuánto costaba hace uno, tres y cinco años. Armen entre todos una tabla en el pizarrón con los datos del curso. Después, dos consignas: calcular cuántas unidades compraría hoy alguien que guardó en un cajón la plata que hace cinco años alcanzaba para diez, y discutir qué alternativas tenía esa persona. La segunda parte es la conversación importante, y no requiere que nadie recomiende nada.
Con la cuenta, el ingreso, el presupuesto y estos conceptos, el adolescente ya tiene las herramientas. Queda lo que le toca al adulto: saber mirar. En el post que cierra este capítulo vemos las señales de alerta que conviene tener presentes y, sobre todo, cómo abrir esa conversación de manera que no se cierre en la primera frase.
Fuentes
G20/OECD INFE Report on Adult Financial Literacy in G20 Countries
BCRA. Caja de ahorro en pesos para adolescentes (Comunicación "A" 6700)
OECD/INFE Core Competencies Framework on Financial Literacy for Youth (GPFI)
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Próximo post: Señales de alerta y cómo abrir la conversación
Cierre del capítulo. Qué conductas conviene mirar sin caer en la vigilancia, por qué una reacción fuerte suele producir más ocultamiento y no menos, cómo abrir el tema sin que se cierre, y cuándo conviene buscar ayuda profesional.