Por qué no es un videojuego más

Por qué no es un videojuego más

La reacción más común de un adulto cuando escucha del tema es ubicarlo junto a las otras cosas del celular: otra app, otra pantalla, otra moda que va a pasar. Es una lectura razonable y es la que conviene revisar, porque el mecanismo de las apuestas funciona distinto de todo lo demás que tu hijo tiene en el teléfono.

Esto ya está en el aula

No hace falta suponer nada. El Séptimo Estudio Nacional sobre Consumo de Sustancias Psicoactivas en Estudiantes de Enseñanza Secundaria, del Observatorio Argentino de Drogas de la SEDRONAR, encontró que más de una cuarta parte de los estudiantes secundarios manifestó haber participado en apuestas con dinero durante el último año, y que la prevalencia resulta significativamente superior en las modalidades desarrolladas mediante plataformas digitales.

Un relevamiento del Observatorio Humanitario de la Cruz Roja Argentina, hecho sobre 11.421 encuestas en 231 escuelas secundarias de 16 provincias, encontró que 6 de cada 10 adolescentes tienen contacto directo o indirecto con el juego digital, y que el 83% de los que apuestan lo hace desde su propio celular.

Dicho de otro modo: en un curso de treinta, la estadística dice que varios ya pasaron por ahí. No es un tema preventivo a futuro, es un tema presente.

Qué lo hace distinto de un videojuego

Hay dinero real, y eso cambia la categoría entera. Un videojuego puede tener compras adentro, pero el objeto de la actividad es jugar. En una apuesta, el objeto es el dinero: ganarlo o recuperarlo. La emoción no viene de la habilidad ni de la historia, viene del resultado económico.

No tiene final. Todo juego termina: se gana la partida, se completa el nivel, se cierra la historia. Una apuesta no tiene un punto en el que la actividad esté cumplida. Siempre hay una jugada siguiente, y ese diseño no es un accidente.

El refuerzo es impredecible, que es la forma más potente que existe. Cuando una recompensa llega de manera irregular, sin patrón, la conducta que la busca se sostiene mucho más que cuando la recompensa es previsible. Es el mismo principio que hace que una máquina tragamonedas sea más absorbente que un trabajo por hora, y está en el centro del diseño de cualquier plataforma de apuestas.

Y la pérdida está diseñada para invitar a seguir. En casi cualquier otra actividad, perder es una señal de parar. Acá funciona al revés: perder genera el impulso de recuperar, y ese impulso se siente perfectamente racional desde adentro. Es probablemente el mecanismo más importante para que un adulto entienda, porque explica por qué "ya perdiste, dejá" no funciona como argumento.

Por qué la adolescencia es el peor momento

Volvamos al primer capítulo de la serie. El primero de los tres bloques de la capacidad financiera era la función ejecutiva: planificar, sostener la atención, frenar el impulso, pensar en el yo futuro. Esa capacidad no está terminada en la adolescencia, sigue en desarrollo bien entrados los veinte años.

Al mismo tiempo, es la etapa de mayor sensibilidad a la recompensa y a la presión del grupo. La combinación de un sistema de recompensa muy activo con un sistema de frenos todavía en construcción es exactamente el perfil sobre el que este mecanismo opera mejor.

Vale además una precisión que ordena bastante la conversación: en el manual diagnóstico más usado en salud mental, el DSM-5, el juego patológico dejó de estar clasificado entre los trastornos del control de impulsos y pasó al capítulo de trastornos adictivos, junto a los relacionados con sustancias. Es el único trastorno por comportamiento que recibió esa clasificación. No es una metáfora de los medios: es cómo lo categoriza la disciplina que lo trata.

La normalización es parte del mecanismo

Este es el punto que más suele sorprender a las familias, y el que explica por qué un chico no percibe que está haciendo algo fuera de lo común.

El relevamiento de la Cruz Roja encontró que el 57% de quienes apuestan entró por recomendación de amigos o compañeros, y un 39% dijo que lo hizo porque muchas personas cercanas jugaban y no quería quedar afuera. Cuatro de cada diez mencionaron tener adultos cercanos que apuestan.

A eso se suma la presencia comercial. Según un informe de la Defensoría del Pueblo bonaerense, alrededor del 28% de los equipos de Primera División en Argentina lleva publicidad de casas de apuestas en la camiseta. Para un adolescente que mira fútbol, el mensaje ambiental no es que esto sea un riesgo: es que es parte del espectáculo.

Qué dice la ley

La participación de menores de 18 años en apuestas está prohibida en todo el territorio argentino. La regulación del juego, sin embargo, corresponde a cada una de las 24 jurisdicciones provinciales, lo que produce un mapa desparejo y una dificultad real de fiscalización, sobre todo frente a la proliferación de sitios no autorizados.

Conviene saber esto por dos razones. Porque un chico que apuesta no está en una zona gris legal, está haciendo algo que la ley no permite a su edad. Y porque la distinción entre plataformas autorizadas y no autorizadas, que a un adulto le parece evidente, en la práctica no se percibe: para el que apuesta desde el celular, todas se ven igual.

Lo que conviene no hacer

Minimizar. "Es una moda", "todos los chicos hacen algo", "cuando yo era joven jugábamos a las cartas". El juego de cartas del club no tenía disponibilidad permanente, ni saldo digital, ni un algoritmo diseñado para sostener la sesión.

Y entrar en pánico. Que un adolescente haya apostado alguna vez no significa que tenga un problema, y tratarlo como si lo tuviera cierra la conversación antes de que empiece. La mayoría de los que probaron no desarrollan un trastorno. Lo que se busca no es alarma, es que el tema se pueda hablar en casa antes de que haga falta.

El punto intermedio, que es donde conviene pararse, es tratarlo como una categoría propia: ni una app más ni una catástrofe, sino un mecanismo específico que conviene entender para poder conversarlo.

Una idea para llevar al aula

Sin costo y adaptable a secundaria: pedile al curso que cuente, durante un partido de fútbol o un rato de mirar contenido deportivo, cuántas veces aparece publicidad de apuestas, y en qué formatos (camiseta, cartel, placa, mención del relator, contenido de un streamer). Después armen el conteo en el pizarrón. La conversación que sigue casi siempre la abren ellos: cuántas de esas apariciones habían registrado antes de contarlas. Es un ejercicio de alfabetización publicitaria, no de moralización, y funciona precisamente porque no le pide a nadie que cuente nada personal.

Entender por qué el mecanismo es distinto es la mitad. La otra mitad es saber por dónde entra, que casi nunca es por donde los adultos suponen. En el próximo post vemos las vías concretas: streamers, publicidad en redes, grupos de WhatsApp y las apuestas entre pares que no pasan por ninguna plataforma.

Fuentes

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Próximo post: Cómo entra: streamers, redes y grupos de WhatsApp

Las vías de entrada casi nunca son las que los adultos suponen. En el próximo post, el rol de los streamers y el contenido patrocinado, cómo funciona la recomendación entre pares, qué pasa con las billeteras digitales y las apuestas entre amigos que no pasan por ninguna plataforma.

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